Andi + Dingo
Este precioso huérfano, abandonado delante de nuestra puerta y nacido de mi sueño como de las entrañas de su madre, yacía de espaldas entre un montón de trapos, me miraba con sus ojos legañosos parecidos a dos granos de uva morada, me lamía la mano con su tibia lengua rosa. Tenía una piel de zorro del desierto o de marta, brillante y suave, y unas preciosas patitas de león feroz en miniatura, como nidos rosas de los que salían los picos de cinco pajarillos. Y su rabo, como si fuera un pequeño parásito, vivía su pequeña vida del todo independiente, llena de movimientos inesperados e imprevisibles, vivo e incluso desenfrenado. Sólo su cabeza era triste, y aunque infantil, parecía prematuramente adulta; su pequeño hocico estaba arrugado a causa del llanto reprimido. Me sedujo a primera vista. Pero lo más curioso de este cachorro era su increíble parecido, en la expresión de los ojos y en las arrugas alrededor de la boca, con la vieja señora Knipper, la comadrona del pueblo. Intenté con todas mis fuerzas deshacerme de esta comparación blasfema, de esta personificación, pero fue en vano: este cachorrillo tenía la misma cara arrugada siempre dispuesta al llanto, de la señora Knipper, la comadrona del pueblo. No crea el lector que esta comparación este parecido irresistible que inducía al pecaminoso pensamiento de que la señora Knipper había traído al mundo al perrito está exenta, en mi conciencia, de segundas intenciones y de malos pensamientos. Al contrario. Hacía tiempo que había oído a mi madre y a la señora Rosia, a la lavandera, decir que en Novi Sad Una dama distinguida había dado a luz a seis perritos, fruto de su pecaminosa relación con un pastor alemán al que había legado en vida todos sus bienes.
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